Dicen que no se valora lo que uno tiene hasta que se pierde. Y muchos de razón tienen... Nos acostumbramos a esa persona, a esa mascota,a ese trabajo, y creemos que si nos falta algún día puede dolernos, pero nunca imaginamos que tanto, por que nada supera la vivencia.
Perder a alguien querido, o algo a lo que estamos muy apegados, puede llegar a invadirnos de una gran tristeza, una opresión en el pecho que no nos permite sonreír aunque queramos. Todo se tona diferente, miramos la vida desde otro plano, esperamos que no sea cierto, que nos vamos a despertar del sueño y que todo estará como era. Pero no, algo fuerte pasó. Una pérdida marca un quiebre, genera un stop en nuestro tiempo rutinario, nos lleva a replantearnos, a revalorar, a acomodar nuestros afectos.
Dicen que es parte de la vida, que hay que aceptarlo, que hay que dejar paar el tiempo y aprender a vivir con eso. Y sin dudas es así, pero atrevesar el momento, sabemos, es muy doloroso. Que el dolor te hace fuerte, que te da templanza, todo lo que quieran decir, pero no me gusta la idea de pasar por eso.
En fin, todos tuvimos que atrevesar la experiencia de una pérdida alguna vez, y lo que sí sabemos es que hay que seguir para adelante, que es importante permitirnos el duelo, que debemos pasar por el dolor en algún momento, cuando podamos emocionalmente exteriorizarlo. Pero después hay que avanzar, seguir nuestro camino. Porque de eso se trata la vida, de un sendero con encuentros y desencuentros, con afectos ganados y con las irreparables pérdias.
La filosofía oriental nos enseña que no tenemos el control sobre nada, que hay causas y efectos, que las cosas suceden por algo, que en casa pérdida puede surgir una oportunidad, por más doloroso que sea. Quizás eso nos riva de esperanza para seguir aún en los momentos más difíciles. Guardemos los buenos recuerdos y liberemos el apego de nuestra mente y alma y pensemos en el aquí y ahora para poder estar serenos con nuestro corazón.
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