martes, 28 de agosto de 2012

Fútbol para todos que produce millones para pocos.

No voy a hablar de números. ¿Para qué? Sería agregarle nafta al mamarracho del fútbol nuestro. En cambio, sí voy a hablar de fútbol, pero no de táctica ni estrategia, sino de nuestra idiosincrasia futbolera, esa de la que nos sentimos orgullosos y que nos distingue del resto del mundo, al mismo tiempo que nos ridiculiza por creernos fanáticos pasionales solo por entonar "aunque ganes o pierdas, no me importa una mierda..."

Crecimos admirando la exquisitez del "Beto" Alonso, la magia de Ricardo Bochini, la pegada de Rubén Paz o el show del "Loco" Gatti entre tantos ídolos. 

Para las otras épocas, el fútbol no estaba ni en la TV ni en la radio porque el fútbol siempre fue un negocio. El fútbol real era el campito, los amigos, los botines nuevos y la pelota de gajos bicolores. El fútbol eran los cuentos de Fontanarrosa. O el buzo Olimpia verde loro del "Pato" Fillol que te hacía volar mágicamente de palo a palo. Ahora, los que vuelan de palo a palo son otros.

Sin embargo, el fútbol está tan arraigado a nuestras costumbres que ni la mediocridad ni las tranfuguedas, son capaces de convencer a los hinchas de que la pelota se manchó hace tiempoPorque el fútbol no es para todos como intentan hacernos creer. Sería para todos si la pelota rodara por todo el interior y no apestara de oportunismo oficialista.

Si el verdadero fútbol para todos fuera tal, entonces no debería ser manejado por dirigentes facinerosos y obsecuentes que no representan a nadie y los partidos tendrían que ser disputados por jugadores honestos y no por ésta manga de perros que ganan fortunas para brindar un espectáculo de mierda, más preocupados por la vinchita y la transferencia que por el amor a la camiseta.

El fútbol no es para todos cuando nos imponen relatores de segunda que cobran salarios de primera -cómplices durante décadas del "secuestro de goles"- ni estadios con instalaciones tan deplorables que logran que a los baños de Constitución los llamemos toilettes. El fútbol para todos sería para todos si los partidos transcurrieran los días domingo y el valor de las entradas honrara su denominación de popular.

El anhelo del fútbol para todos dilapida cualquier buena intención, si es que alguna vez la tuvo, cuando el espectáculo es explotado por criminales auto-denominados hinchas caracterizados, que se apoderan del fútbol para generar una industria delictiva que opera impunemente bajo la mirada protectora de un Gobierno que financia viajes y disimula relaciones.

El fútbol para todos se convierte en un fraude despreciable y despilfarra toda credibilidad cuando pasa a ser administrado por unos mafiosos desmemoriados que emplean, de acuerdo a su propia conveniencia, a mano de obra barata. Sujetos bien llamados barrabravas, más acostumbrados al aliento subvencionado que a la singular espontaneidad que desciende de la tribuna. Bichos que se codean con funcionarios del poder de turno a cambio de sospechosos beneficios.

Resulta extraño, pero a pesar de todo lo descrito, es necesario saber que la fiesta del fútbol es financiada por miles de idiotas útiles. Desaforados gritones del gol de un incierto número 9 que hoy promete fidelidad besando la camiseta de tu equipo y mañana, jugoso contrato mediante, besará la casaca del rival de siempre y sin ponerse colorado.

Estos mártires del fútbol, recurren a una extraña capacidad para soportar el maltrato policial al entrar a la cancha, pagar sin chistar los 15 mangos del un vaso de gaseosa templado a temperatura ambiente y padecer los habituales robos cometidos por hinchas de su mismo club dentro y fuera de la cancha. Tipos que con el carnet al día, colaboran a engordar el patrimonio de dirigentes deshonestos y a respaldarcontratos obscenos de figuras mediocres mientras se "devoran" la perversa mentira que los convence de ser los verdaderos protagonistas.

Víctimas del fútbol, que prefieren agitar sus banderas a los cuatro vientos y a pregonar su incondicional amor a la camiseta, mientras debajo de las tribunas colmadas, unos pocos inescrupulosos humedecen el dedo índice para comenzar a contar los billetes que no saben de pasiones ni de fanatismo. En definitiva, un fútbol para todos que produce millones para pocos.




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