"En Argentina hay una gran unidad para implementar toda la austeridad necesaria en el sector público. Todos reconocemos que el problema ha sido la falta de austeridad y el endeudamiento". La frase pronunciada por Domingo Caballo a principio de diciembre de 2001 da testimonio de la ceguera patológica que llevaría al gobierno de Fernando De La Rúa a un trágico final anticipado dejando al país al borde del colapso. Dos años bastaron para que la recesión que había comenzado en 1998 se tragara el capital político de la Alianza; formidable arma electoral que, sin embargo, gobernó creyendo el relato del pensamiento único: El camino posible es hacer todo lo que exige el capital financiero, no existe otra opción. Mala fe, diría Sartre; corrieron por un callejón sin salida mirándose los pies para no pensar, anticipadamente, lo que dolería dar la nariz contra la pared.
Es verdad que al asumir en 1999, Argentina enfrentaba problemas profundos y complejos. El diagnostico que, sin pedir permiso a nadie, Caballo universaliza lleva en sí la respuesta que pretendía dar: si hablamos de falta de austeridad lo que debemos hacer es gastar menos. El asunto era más complicado: déficit fiscal, déficit de balanza comercial, endeudamiento del 50% del PBI en crecimiento galopante ya que se financiaban los vencimientos con más deuda; todo esto en el marco de una recesión que secaba la vida de la economía Argentina. El ajuste permanente se alimentaba de la sangre de una víctima ya desnutrida.
Así las cosas cuando a finales de noviembre y principios de diciembre de 2001 comenzó lo que todos sabíamos que iba suceder: corrida bancaria. Los grandes capitales abandonaron al gobierno a su suerte. Pequeños y medianos ahorristas reaccionaron temiendo lo peor, no se equivocaban, el 3 de diciembre el superministro diseñaba le famoso corralito, no se podrían retirar de los bancos más de $250 por semana. Rápidamente se paralizo el comercio minorista, la calle estaba seca. Para agravar el panorama el gobierno se encontraba embarcado en el Megacanje que consistía en cambiar títulos de deuda de vencimiento próximo para aliviar los plazos. Era la lógica de la época, sobrevivir hoy hipotecando el futuro, se buscaba oxigeno para un gobierno que no tenía como afrontar las obligaciones aumentando el monto total de la deuda.
El 5 de diciembre la suerte estuvo echada; el Fondo Monetario Internacional se negaba a girar 1260 millones de dólares que se habían acordado en la operación conocida como Blindaje; un Megaprestamo de 40.000 millones de dólares cuyo objetivo era evitar el default argentino, plata para pagar deuda y no para hacer puentes y caminos. Los más desconfiados pensaban en una operación pensada para financiar la fuga de capitales; quizás no se equivocaban, el FMI comunicó la negativa dos días después del corralito cuando ya no se podía fugar demasiado. Inmediatamente Cavallo tomó un avión a Washington aclarando que no iba a pedir plata, si no a buscar un acuerdo. Las exigencias del FMI fueron más ajuste, cosa que el ministro prometió para el año próximo.
Con el frente económico fuera de control los radicales (algunos) miraban impotentes como el peronismo se relamía, los leones olían sangre. Tras la durísima derrota del gobierno en las elecciones de octubre, en las cuales se registró el record histórico de votos nulos y en blanco, el Partido Justicialista obtuvo la mayoría en ambas cámaras y puso como Presidente del senado a Ramón Puerta; esto significaba que si De la Rúa caía, un peronista asumiría el poder ya que el vicepresidente Carlos Alberto “Chacho” Álvarez había renunciado tras el escándalo de las coimas en el Senado. Con muy poco tacto y un descaro impúdico, durante los primeros días de diciembre, a algunos dirigentes del PJ, con el Gobernador de la Provincia de Buenos Aires Carlos Ruckauf a la cabeza, se les ocurrió tratar la ley de acefalia. Era claro en qué estaban pensando. La modificación no prosperó, ya no importaba, había otras formas de empujar al Presidente.
Como un autómata De La Rúa seguía aclarando que el modelo económico, su superministro y la convertibilidad no se tocaban. En un país virtualmente en default y con la actividad económica paralizada se negaba a atacar los pilares de los males, incluso a mirarlos, por el contrario los sacralizaba de una forma tal que hoy resulta difícil de creer. El día 13 de diciembre las tres centrales obreras (Confederación General del Trabajo oficial, disidente y Central de Trabajadores Argentinos) se pusieron de acuerdo, por fin, para coincidir en un paro; el acatamiento fue masivo y sorprendió a propios y a extraños la adhesión (aunque tímida) de sectores de la clase media generalmente reticentes a ponerse del lado de los trabajadores. La CGT oficial se apuró luego del paro a negociar (como de costumbre) para chocar nuevamente con el fanatismo religioso del Presidente por el modelo económico; De La Rúa Convocaba a un gobierno de unidad nacional con la condición de que no se tocaran sus pilares sagrados, una invitación a suicidarse con él. Por supuesto, era inaceptable; de esta forma comenzarían las conversaciones en las centrales obreras pensando en un paro de 48hs como paso previo al paro por tiempo indeterminado. A la distancia parecen medidas durísimas, pero en realidad puesto en perspectiva, se puede ver que le estaban dando al Presidente algo valiosísimo: tiempo. Era el momento de declarar la derrota de la convertibilidad, admitir el default y comenzar a pensar medidas que reactivaran la economía. El momento de sincerarse y cambiar de rumbo. En este sentido, el tiempo era un regalo valiosísimo que los dirigentes obreros y sociales le estaban haciendo; podría haberlo utilizado en diseñar su estrategia y buscar nuevas confianzas y lealtades. Por supuesto, lo desaprovecho, siguió enfrascado en su pelea con los molinos de viento.
En aquella época yo tenía alrededor de 20 años; trabajaba como proveedor de ferretería. Recuerdo la predicción sombría de un cliente; cuando al hablar sobre lo parada que estaba la economía exclamo, en tono sombrío, una frase que ya está cristalizada, pero que sonó extraña: “No sé qué va a pasar” dijo, mirando el suelo. Mi compañero, más optimista o más resignado dependiendo de la perspectiva, contestó que no iba a pasar nada, que seguiríamos trabajando mal como siempre. Entonces comprendimos por qué, aquella vez, la frase hecha nos sonó tan diferente; el ferretero nos explicó “no, algo va a pasar, esto explota en cualquier momento”. Nos quedamos en silencio un buen rato; todos sabíamos que iba a pasar y por eso el latiguillo sonó tan extraño; era un saber que no queríamos, que preferiríamos no tener porque nos llenaba de miedo.
Y explotó, los saqueos comenzaron entre el 13 y el 14 de diciembre en Rosario y Mendoza y se fueron expandiendo como un incendio forestal australiano. Los días 18 y 19 llegaron a la Provincia de Buenos Aires, donde la desigualdad marca a fuego la vida diaria y donde el Gobernador Carlos Ruckauf, en un poco creíble ataque de humanismo (se trata de la misma persona que dijo que había que meter bala) prefería lamentar latas de tomate y no vidas humanas. El increíble operativo policial bonaerense se encargó de proteger a las grandes cadenas (Carreful, Coto, Garbarino, Etc.) dejando desamparados a pequeños y medianos. No se podía llevar alcohol, eso era premio para las fuerzas del orden. En el conurbano hubo saqueos bajo un estricto control policial.
Así y todo De La Rúa tuvo una última oportunidad el día 19 en la reunión organizada por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo que había impulsado el titular de Cáritas, el Obispo Jorge Casaretto. En la reunión participaron los principales dirigentes partidarios, representantes de las cámaras empresariales, agrarias y gremiales. Estaban desde Raúl Alfonsín hasta Hugo Moyano pasando por Eduardo Duhalde; todos con el mismo objetivo, convencer a De La Rúa que era necesario un cambio de rumbo, salir de la convertibilidad y echar a Cavallo. El Presidente sorprendió a todos, mientras que el país se prendía fuego y los hambreados saqueaban negocios, él estaba preocupado porque se votaran la Ley de Presupuesto y de Déficit Cero; insistía en que el modelo económico estaba bien, aunque admitía la necesidad de repartir comida en algunos barrios. Dejó a todos con la boca abierta, cosechó insultos en la puerta y se fue.
El resto es historia conocida. Estado de sitio recomendado por Antonito De La Rua y anunciado en cadena nacional; la clase media porteña, que tan afín había sido al perfil del Presidente, cantando con cacerolas: “Hay que boludo, hay que boludo, el estado de sitio te lo metés en el culo”; represión y muerte. El 19 a la noche renuncia Cavallo y el 20 De La Rúa se marcha de la casa de gobierno en helicóptero tras haber redactado, de puño y letra, su renuncia. Mientras tanto, en el conurbano bonaerense, la policía hacia correr el rumor de que estaban saqueando casas. La gente aterrorizada se encerró, prendió fogatas en las esquinas y esperó lo peor. De esta manera volvió el orden a la provincia, el objetivo ya se había alcanzado.
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